La Gruta Literaria
Reseñas Literarias

6 relatos ejemplares 6

Juaco Cáceres (@corbatagastador)

 

María Elvira Roca Barea requiere poca presentación. Baste aquí mencionar que Imperiofobia y leyenda negra, publicado hace apenas cuatro años, es un ensayo que a la fecha cuenta con veintiséis ediciones. Por su parte, Fracasología: España y sus élites: desde los afrancesados a nuestros días recibió el premio Espasa en 2019, destacado como otro ensayo retador y porfiado, escrito contra la historiografía —académica y aficionada— incapaz de cuestionar la visión extranjera (o extranjerizada) que tienen los hispanos de sí mismos. Doña María Elvira ha puesto el dedo en la llaga, y así lo hacen saber sus críticos, puesto que el trabajo de la malagueña ha merecido por igual aplausos y reproches, aunque es cierto que estos últimos han descollado por su virulencia, bien provengan de los «guetos académicos» (y los historiadores «profesionales» sí que tienen una tendencia al elitismo profesional), los opinadores de domingo o personajes incalificables como José Luis Villacañas, quien pretendió colgarse al éxito de Roca Barea ensayándose en una diatriba personal intitulada Imperiofilia y populismo nacional católico, elaborada a partir de afirmaciones historiográficas y “filosóficas” tópicas, infundadas, descontextualizadas y, sobre todo, malintencionadas, sobre las cuales, paradójicamente, se reafirman las tesis de Imperiofobia y leyenda negra. Si los perros rabian… 

Pues bien, a medio camino entre estas publicaciones, Imperiofobia y Fracasología, en 2018 Roca Barea presenta 6 relatos ejemplares 6, una reunión de textos literarios cuyo trasfondo temático es el mismo de sus investigaciones en torno a la «Leyenda Negra», expresión que, como ella misma apunta en Imperiofobia, siguiendo la definición propuesta por Maltby, alude a la opinión (negativa) infundada contra España (contra el Imperio Español y sus pueblos peninsulares y americanos). Aunque, en justicia, estas piezas narrativas de Roca Barea no hacen tanto hincapié en España (aunque en algunos de los relatos está presente, al igual que Italia, a modo de antagonista cultural y política), sino en la Europa protestante y reformista, pues muy a la vista está que la intención de la escritora es revelar el verdadero rostro de príncipes y monjes luteranos, calvinistas, anglicanos… alentados por una ambición de riquezas y privilegios más que por su hipócrita «protesta espiritual». 

Revelando su versatilidad, la autora explora diferentes géneros y voces narrativas, aunque, como indica el título (picando el ojo a Cervantes y sus Novelas ejemplares), todos los textos están enmarcados dentro de la categoría de relato  (y aquí se precisa: del «relato histórico»). Y este es tal vez el meollo del asunto: los relatos de Roca Barea están circunscritos en una tradición literaria que, si bien no es nueva (Nihil novum sub sole), sigue ocasionando enconados debates en torno a su naturaleza y, especialmente, a su legitimidad frente a la Historia… sí, con sospechosa mayúscula. No se pretende aquí sentar alguna tesis sobre este asunto, pero sí es menester proponer una reflexión previa para el lector de 6 relatos ejemplares 6

La relación entre Literatura e Historia es mucho más compleja de lo que suele creerse. Aproximarse a ella implica de suyo una exploración ontológica de altísimo rigor filosófico para deslindarlas, a pesar de sus múltiples y necesarias reciprocidades. La narración literaria, exceptuando raros y dificilísimos casos, se desarrolla dentro de marcos contextuales y temporales cuya omisión haría imposible la relación de los hechos, la construcción —y evolución— de los personajes y el desarrollo temático. Es incuestionable que muchísimas obras literarias están ambientadas en escenarios puramente ficticios (piénsese en gran parte de la «literatura infantil», en la fábula), como es evidente que, muchas otras, a pesar de afincarse en contextos espaciales y temporales conocidos o, si se quiere, «históricos», se desentienden intencionalmente de estos para elaborar la ficción que caracteriza la narración literaria (me refiero, por ejemplo, a 1984, de Orwell). 

No obstante, tal vez lo más empleado por los literatos sea ubicar sus personajes y narraciones en ambientes históricos determinados, así sea sólo de manera contextual, sugerente o, incluso, inadvertida. Es el caso de Cien años de soledad de García Márquez, cuya línea temporal abarca un período tan extenso como el transcurrido entre la llegada de los conquistadores españoles al continente y la segunda mitad del siglo XX colombiano. Sin embargo, el escritor en este caso no se preocupa por su fidelidad a la Historia, es decir, a los hechos históricos que recoge la novela total, incluso a pesar de que en ella relata episodios realmente ocurridos, como el asalto a Rioacha por parte de Francis Drake, el pirata inglés (¡qué redundancia!), o la masacre de las bananeras, como se conoce a la carnicería de campesinos jornaleros orquestada por la United Fruit Company y ejecutada por las tropas enviadas desde el Gobierno Nacional colombiano en 1928. Nadie se atrevería a juzgar la obra del colombiano como buena o mala con base en la veracidad de lo narrado, a pesar, por ejemplo, de que todavía hoy persiste una polémica —más política que académica— sobre lo realmente ocurrido con los empleados de la multinacional bananera. Al lector, al lector atento, le importará sobre todo si la secuencia narrativa, en el tiempo y en el espacio, es coherente, clara e inteligible gracias a (o a pesar de) sus saltos temporales. 

En otro lugar están las narraciones literarias construidas con más apego a los hechos históricos, aunque no por ello carezcan del esencial elemento ficcional, que se circunscriben dentro de la corriente (¿o género?) del «relato histórico». La bibliografía es apabullante. Millones y millones de páginas han sido dedicadas por los escritores para relatar el pasado desde una perspectiva determinada, o bien con apego a las verdades establecidas por la historiografía oficial, o bien enfrentándose a estas. Es el caso, a modo de ejemplo, de El sueño del celta de Mario Vargas Llosa, en el que se recrea literariamente la vida del irlandés Roger Casement, quien denunció los abusos de la Peruvian Rubber Company en el Amazonas y, especialmente, el brutal genocidio perpetrado por los belgas en el denominado Congo Belga, bajo las órdenes y la protección de Leopoldo II, en la primera mitad del siglo XX. La literatura, no se pierda de vista, es mucho más letal de lo que se cree, y Vargas Llosa sabe bien que una novela puede desdibujar con inteligencia y mordacidad una bandera, un escudo, un himno y, por supuesto, una leyenda, aunque esta haya sido construida por académicos con aparente autoridad sobre el pasado.  

En la misma línea de la «novela histórica», tendríamos que considerar aquí a La tejedora de coronas (1982) del colombiano Germán Espinosa. Y se menciona esta obra, catalogada por la UNESCO como patrimonio de la humanidad en 1992, por mucho más que una simple referencia. Esta novela —al igual que Los cortejos del diablo, del mismo autor— es esencialmente un relato negrolegendario como ninguno… de antología. En La tejedora, Germán Espinosa se propone recrear un relato ficcional entre el siglo XVII y XIX, aunque con más atención en los hechos y personajes históricos que una novela cualquiera, pues el objetivo evidente del cartagenero es contrastar dos culturas, dos «civilizaciones»: por un lado, la grandiosa, ilustrada, potente y renovada Europa (especialmente Francia); por el otro, la atrasada, arruinada, acomplejada e inquisitorial España y sus virreinatos americanos. Espinosa, valiéndose de una prosa destacada, apretada, magistral, reproduce sin ningún rubor todas las mentiras y exageraciones elaboradas por la propagandística antiespañola, juzgando al Imperio Español —a través de la recreación de situaciones o de la voz de sus personajes— como un erial intelectual sumergido en el oscuro pozo del dogmatismo religioso. Y el escritor colombiano no fue precisamente un supino ignorante a quien pudiera atribuírsele vacíos intelectuales groseros; por el contrario, Germán Espinosa fue tal vez el más ilustrado (calificativo atinadísimo) de sus coetáneos nacionales. Sus libros están repletos de erudición histórica, geográfica, filosófica…  De hecho, precisamente por este motivo es que resulta sorprendente que este autor llegara a referirse a Benito Jerónimo Feijóo en términos desobligantes, sugiriendo una actitud pendenciera e inquisitorial por parte del benedictino en contra de Diego Torres Villaroel (el «piscator salamantino»), como si el autor del Teatro Crítico Universal hubiera tenido la necesidad, aún en un hipotético plano ficcional, de arremeter con otra cosa que su pluma polígrafa contra el charlatán de Salamanca, dedicado, dicho sea de paso, a la Astrología Judiciaria, a la cual dedicó el propio Feijoo uno de sus contundentes opúsculos. Esto por no hacer referencia al grotesco capítulo VIII en el que Genoveva Alcocer, la protagonista de la novela, entra por primera vez a España y la describe de una manera francamente insultante. Las novelas históricas de Espinosa son la prueba incontestable de dos cosas, a saber: que los eruditos son también prejuiciosos y que, aunque no lo parezca en principio (en especial por la visión contemporánea según la cual es básicamente entretenimiento), la Literatura, al igual que la Historia, es un campo de batalla. No es gratuito que, tras escribir la novela en comento, Espinosa fuera galardonado como Caballero de las Artes y Letras por el Ministerio de Cultura francés. ¡¿Capisci?! 

Los seis relatos ejemplares de Roca Barea, en contraposición a la obra de Espinosa (que es apenas uno destacado en la larga lista de autores negrolegendarios), se alinean en el bando contrario, es decir, aquel que se manifiesta contra la versión adulterada de la Historia que esa Europa gratuitamente sublimada confeccionó contra España y el mundo hispano. En vez de elevar a los principados reformistas a las categorías de cunas y cimas, doña María Elvira se propone descorrer el velo, haciendo gala de técnicas narrativas medidas, seleccionadas con plena consciencia de su eficacia —bien se trate de narradores homodiegéticos, de epístolas ficticias o de flujos de consciencia— para lograr un efecto parenético, como bien señala Jesús González Maestro (Youtube, 2018). 

Aunque la narración literaria exige la separación entre el narrador y el autor, obligando muchas veces a este último a pasar inadvertido en el relato (según el género), existen dentro del amplio catálogo ciertas formas literarias más propicias para proponer al lector reflexiones morales, históricas, etcétera. Es consabido que la fábula es bastante útil en este sentido, como advirtieron ya desde tiempos inmemoriales los indios, cuyas reflexiones hoy nos llegan a través de textos como el Calila y Dimna, compilado por los musulmanes y traducido del árabe al castellano a instancias de Alfonso el Sabio en 1251. El género epistolar también es el preferido por muchos autores con este propósito. Así lo prueban, por ejemplo, las Cartas Marruecas (1793) de José de Cadalso, Las cuitas del joven Werther (1774) de J. W. Goethe o La estafeta romántica (1889) de Pérez Galdós. Roca Barea, por demás filóloga, sabe todo esto de sobra, y por ello su elección de los narradores para los diferentes relatos se ajusta a esa necesidad técnica que le impone el tratamiento de los temas con pretensiones didácticas. 

Este es uno de los aspectos más destacados de sus relatos, aunque es cierto que en algunos pasajes se desdibuja la estética literaria en favor de un tono historicista poco afortunado, tal vez producto de la vena historiográfica de la autora. Este último es quizá el talón de Aquiles de los seis relatos de Roca Barea, aunque no es igual de intenso en todos, y quizá en «Non angli, sed angeli» sea en el que menos. Tras una segunda lectura de los textos, la sensación de exceso en la parénesis no desaparece, aunque también es cierto que esa es, precisamente, su intención. Sin embargo, en términos literarios, es cierto que, por ejemplo, Germán Espinosa, a pesar de haber reproducido en su obra unas mentiras del tamaño de todas las catedrales de Europa juntas, se perfila como mejor narrador, precisamente porque es más sutil en sus reflexiones circunstanciales, e incluso en los diálogos. En contra de doña María Elvira juega también la corta extensión de los relatos, que impide recrear un universo ficcional más vasto y complejo, dentro del cual puedan deslizarse sus reflexiones con más naturalidad. Buena parte de los relatos ejemplares de la malagueña tiene una estructura simple, con tres o cuatro personajes en acción, o incluso menos. Esto, por supuesto, es una desventaja, que en todo caso exigiría al escritor una pericia extraordinaria para superarla airosamente. Téngase en cuenta que, volviendo sobre los ejemplos citados, El sueño del celta de Vargas Llosa es también una novela, y no un relato corto, tal vez porque el premio Nobel conoce el berenjenal que supone el reto asumido por Roca Barea. En todo caso, de ningún modo podría decirse que relatos como «Los doce apóstoles», «La última reina» o «Ana de Sajonia» no tengan una factura envidiable, con secuencias y virajes narrativos destacados, y aun frases que por su capacidad de síntesis y profundo sentido filosófico son estremecedoras.  

Como narradora, la autora no deja dudas de su portentosa inteligencia. Es cierto que algunos relatos cojean por exceso de parénesis, y también lo es que algunos pasajes no alcanzan la máxima nota, pero otros episodios, en cambio, son francamente deleitantes. Me refiero concretamente a la tensión que experimenta el lector de Los doce apóstoles, un relato ambientado en la batalla de Frankenhausen (1525), dentro de las conocidas guerras de los campesinos alemanes. La autora no suelta: aprieta y aprieta. Conduce hacia la confusión y la desesperación vividas por los pueblos alemanes en aquellas épocas en que Lutero y los príncipes prometieron cortar sus cadenas para después matarlos en campo abierto, mientras resistían a la embestida de terror de los predicadores de la «nueva palabra». Como narración, descuella por su circularidad argumental, lograda a través del recurso de la epanadiplosis, como bien apunta J. G. Maestro (Youtube, 2018). 

Ahora bien, «La última reina» es boccato di cardinale en muchos sentidos. Desconozco por qué ocupa el último lugar en el libro, pero, junto con «Non angli, sed angeli», es de los más destacados. A modo de flujo interior o relato introspectivo, Mercedes, su protagonista, va y viene en el tiempo —entre los años 70 y los siglos XV y XVI ingleses— para relatar la historia de Lady Margaret Pole, la familia Plantagenet y la dinastía Tudor, y revelar subrepticiamente acusaciones en contra de la historiografía inglesa, acostumbrada, como se recalca en el relato, a reescribir su historia para ajustarla a las conveniencias políticas coyunturales. El lector podrá participar del nerviosismo de Mercedes, horas antes de la sustentación de su tesis doctoral en el King’s College, mientras recuerda episodios de su relación sentimental con Michael, un personaje finamente construido y más representativo de lo que aparenta. La narración incomoda, provoca náuseas, describe una sociedad enfermiza que a lo largo de su historia continúa reproduciendo discursos exculpantes frente a sus atrocidades. La forma en que está escrita permite dirigir los tiros hacia la sociedad inglesa de la época de los Enriques (VII y VIII), pero también hacia la Inglaterra contemporánea de los personajes. Aquí se maneja mejor la autora en su propósito parenético, pues logra desdoblarse hasta el tono abiertamente historiográfico, apropiándose del narrador de la tesis doctoral de la protagonista. 

Por otra parte, «Campanas de Breda» y «El sembrador de peste» son relatos en formato epistolar, aunque el primero se propone como una «relación de hechos». En ambos se aborda la hipocresía del nuevo clero y los príncipes y nobles reformistas, quienes alientan su rebelión contra la autoridad papal de Roma pensando más en los réditos económicos y en los ostensibles privilegios jurídicos y políticos que en una verdadera transformación espiritual frente a los comercializadores de indulgencias. Los títulos de los relatos son abiertamente irónicos. En el primero, el protagonista es Felipe Guillermo de Orange Nassau (1554 – 1618), príncipe en Breda, Stenbergen y Diest, a quien los reformistas de los Países Bajos nunca perdonaron su relación con Felipe II y su catolicismo. Las campanas de Breda simbolizan la resistencia católica en medio de una sociedad hostil e intrigante. Por su parte, la segunda narración, titulada igualmente de forma irónica, ahonda en la Ginebra de Juan Calvino y compañía para desenmascarar la supuesta espiritualidad en la que se afinca la reforma cristiana de los calvinistas, señalando sin vacilaciones —a través de un clérigo anónimo que, por su condición de católico, ha sido obligado a huir y escribe desde el Alto de San Bernardo una carta a su hermano— la falsedad de quienes juzgaron al catolicismo como el peor de los males y al tiempo se negaron a socorrer a los enfermos durante la peste y empujaron a los ginebrinos a un festín acrático contra los católicos. Este relato es de suyo íntimo, rabiosamente esclarecedor. 

Es oportuno volver sobre «Non angli, sed angeli» para resaltar la maestría con que la autora malagueña crea el retrato del inglés no pirata más famoso de todos los tiempos. Para no adentrarse mucho en el texto en perjuicio de los futuros lectores de 6 relatos ejemplares 6, sólo se advertirá el logrado recurso empleado para sugerir la identidad del inglés en cuestión, aprovechando la polisemia de la palabra «personaje» con una destreza propia de las plumas más afiladas. ¡Qué elegancia, doña María Elvira! Aquí tiene el lector un relato ameno, cálido, ubicado en la histórica Verona italiana, con un argumento de fondo que causa escozor a los isabelinos.  

Finalmente, «Ana de Sajonia» es el primer relato del libro, aunque no es el más destacado. Y este juicio quizá se deba, en parte, al final del relato, más concretamente a la última oración, que lo priva de tener un final trascendente, más cerrado y simbólico. Sin embargo, tras su lectura, es imposible no pensar en el «latrocinio organizado» que adelantaron los reformistas contra los pueblos en los que caló la predicación hipócrita contra Roma. Ana de Sajonia es el símbolo de lo que la propaganda reformista logró en Europa: la muerte del enemigo. Pero no sólo la muerte física, sino también histórica. Guillermo de Orange es revelado como un oportunista que se sirve de la calumnia para hacer lo que le canta y de paso apropiarse de las riquezas ajenas. Y como Orange, todos los reformistas en Alemania, Inglaterra, Suiza y una larga lista. Esto es lo que quiere transmitir con sus relatos Roca Barea, frente a la acrítica indiferencia de historiadores y eruditos. La Leyenda Negra engendró, naturalmente, una leyenda áurea o dorada a favor de estos países protestantes, frente a quienes hoy todavía los hispanos y pueblos del sur se sienten inferiores, como incapaces de reconocer sus raíces clásicas y su gran potencial político e intelectual. El veneno de una propagandística desplegada durante siglos ha sido efectivo como ninguno. Dom Isaac le pregunta finalmente al mayordomo de Ana de Sajonia por este veneno, y el viejo atina a responderle que es uno «para el que todavía no se ha descubierto el antídoto». 

Tal vez con su 6 relatos ejemplares 6, doña María Elvira Roca Barea, habiendo ahondado en las reglas del juego, simplemente nos esté sugiriendo un camino revulsivo. Si hace más de quinientos años están sonando las trompetas bastardas, ¿por qué es que todavía no hemos acudido al combate?  

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