La Gruta Literaria
Suplemento

El amor y el dolor de muelas

Luis Tejada Cano (El Espectador, 1921)

 

A la graciosa niña que me preguntó ayer tarde qué opinaba yo sobre el amor, le voy a contestar así:

Señorita: el amor es exactamente lo mismo que un dolor de muelas. Es decir, es una afección aguda que nos impide pensar en otra cosa distinta de la enfermedad misma; que no nos deja comer con tranquilidad ni dormir en paz; que nos vuelve huraños y cejijuntos hasta un grado indecible; que nos aísla de todo, haciéndonos perder el sabor a la sociabilidad grata, a las viejas amistades, a las diversiones habituales, a las tertulias bulliciosas y al ajetreo brillante de los salones.

¿Ve usted ese pobre muchacho que está acodado al balcón con la mano puesta melancólicamente sobre la mejilla? Es que padece de una fluxión espantosa en el lado izquierdo, o que está enamorado.

¿Ve usted ese mancebo pensativo, que recorre las avenidas del parque mirando a diestra y siniestra con aire absorto? Es que busca yerbas para hacer buches, o que está enamorado.

¿Ve usted ese pálido mozo que en la alta noche se revuelve en el lecho, da de puñetazos a la almohada o eleva los brazos al cielo como implorando a un invisible fantasma? Es que tiene una neuralgia fulminante, o que está enamorado.

Porque los tormentos del amor verdadero, sólo pueden compararse a los que produce la inflamación de una cordal de cuatro patas. Casualmente, hay cierta tremenda afinidad etimológica entre cordal y corazón o corda, o cardio, o como se pueda decir.

¿El amor, como el dolor de muelas, no nos torna también un poco feroces, agresivos y respondones? ¿No nos infunde ciertos deseos cosquilleantes de matar, hacer pedazos y comernos crudos aun a los más inofensivos enemigos? ¿No nos hace ver en el amigo un rival y en el tenedor un gatillo? ¿No se teme a la suegra tanto como al dentista?

Sólo esas dos enfermedades terribles, afortunadamente nada contagiosas, son capaces de revolver entre nosotros todos los instintos primitivos, todas las pasiones destructoras. Sólo una picadura en un diente o en el corazón, nos hace pensar en el placer de asesinar, en la delicia de quebrar platos, en el encanto de tirarnos por la ventana o en el infame desahogo de arrancarnos los cabellos con las uñas.

Si las cosas duraran más de lo conveniente desapareceríamos. Pero para salir de una muela, existen ciertas tenacillas puntiagudas que todos conocemos; a no ser que nos peguemos un tiro. El amor también se cura con pistola o… con epístola.

Para olvidar a una mujer, es decir, para salir de una mujer, lo mejor es casarse con ella.

Lo dice una persona que, precisamente porque no tiene experiencia de esas cosas, las sabe con certeza.

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