La Gruta Literaria
Relato Breve

El Entierro

Juan Herrera (Facebook)

Lámina de Carmelo Fernández (Misión Corográfico, 1850)
 

Todo el pueblo lo sabe, Genaro Ramírez se sacó el entierro de El Vergel, la casa de mi compadre Roberto. Ese día Genaro no llegó a trabajar al Café Unión, un tintiadero que administraba desde hacía cinco años en el marco de la plaza; los clientes, que no eran muchos, se fueron a buscarlo a la casa, porque cuando él estaba enfermo lo reemplazaba su hijo, que ya era un hombrecito y sabía hacer el café de greca, aunque no le quedaba lo mismo. Cuando llegaron a El Vergel, en las afueras del pueblo, se apresuraron a tocar la puerta, sin que dentro de la casa se moviera una mota de polvo. Tocaron otra vez, al tiempo que pegaron la oreja a la puerta, pero ni el eco se les devolvía; gritaron a voz en cuello: ¡Genaro, abrinos!, pero a Genaro le hubiera sido imposible escucharlos.

Antes de que los pájaros dejaran su algarabía matutina, la noticia ya había recorrido las cinco calles del pueblo con sus respectivas carreras. A mi compadre Roberto la noticia le quedó como un zumbido en los oídos y por un momento no supo qué hacer. Se le ocurrió ir a buscar a Genaro, porque no podía creer que un cristiano que llevaba cincuenta años sembrado en este pueblo, nacido y casado en esta parroquia, desapareciera de la noche a la mañana, y menos aún debiéndole cinco meses de arriendo. Se puso el sombrero que lo hacía ver más serio, se peinó el bigote y caminó hasta las afueras del pueblo. Cuando llegó a El Vergel supo que la casa estaba deshabitada, y no porque se lo hubieran dicho, sino porque las cosas deshabitadas tienen un aura vacía, como un silencio hueco que comienza a rodearlas muy rápidamente. Caminó hasta el umbral y con la copia de las llaves que guardaba celosamente, abrió la puerta de la casa: un olor a tierra mojada lo devolvió a su niñez; caminó por el zaguán que conducía hacia la cocina y giró a la izquierda; lo iluminaron de golpe los rayos de sol que entraban por el patio y observó que el piso estaba cubierto por una gruesa capa de polvo. Avanzó por el pasillo que llevaba a las habitaciones y entró de golpe a la primera pieza, la imagen era más que irreal, las cuatro paredes de tapia estaban socavadas a punta de cincel en huecos irregulares que variaban ostensiblemente en su diámetro y profundidad; en diferentes lugares del suelo había grandes montículos de cagajón mojado que      sobrepasaban incluso la altura del ventanal y del zócalo, ya invisible, que delineaba cada rincón de la casa.

La imagen se repitió en las tres habitaciones restantes, con la diferencia de que en la última, además de la serie de agujeros en la pared, encontró en la esquina superior un hueco perfectamente cuadrado, del tamaño de un osario, que calculaba debía tener cincuenta centímetros de profundidad; el resto de la pared no había sido tocada por el cincel y la tapia estaba tan intacta como la de un muerto recién enterrado. Unos murmullos sacaron a Roberto de su desolación y salió a la puerta, donde se encontraba una multitud de curiosos a la que les gritó, como lanzando con rabia una piedra al aire: — ¡Este desgraciado se sacó el entierro de El Vergel! —.

La verdad es que sobre El Vergel se han contado muchas cosas y se han callado muchas más, como sobre todas las cosas viejas. Pero había una historia verdadera, porque la contaban todos sus inquilinos y yo mismo fui testigo. Resultaba que cada Viernes santo, una llamita fría que se colaba por el patio recorría lentamente todas las habitaciones y se perdía en la última, donde atravesaba la pared y lo dejaba todo intacto, sin dejar ningún rastro; todos en el pueblo sabíamos que eso era un ánima en pena que había dejado algún pedazo de metal por ahí empotrado en la tapia de la casa, porque resulta que si un difunto ha  dejado aunque sea una moneda de veinte centavos enterrada, le toca devolverse a señalar el sitio para que saquen la moneda y de una vez lo saquen a él de penas. Pero pasaba que a veces lo que hay enterrado son esterlinas, unas monedas de oro sólido lo más de valiosas, y entonces la que sale de penas no es el ánima, sino el cristiano que se las encuentra.

El Vergel fue lo único que heredó mi compadre Roberto, que ha tenido el cristo de espaldas casi toda su vida. La rentaba porque se fue a vivir con su familia a la casa que es de su mujer y ese ingreso lo repartía como en tres obligaciones que todavía tiene. Aunque vivió mucho tiempo en lo que era suyo, nunca se sacó de esas tapias ni una moneda de veinte, y no fue porque no escarbara, porque en ese tiempo esa casa parecía un nido de gurres de tanto hueco; dicen que el ánima es jodida y el tesoro no se lo va entregando a cualquiera. Yo que no le tengo miedo a las ánimas, que lo único que hacen es cambiar favores por padrenuestros, me iba con Roberto cada Viernes santo a vigilar que llegara la llamita y la seguíamos en silencio por todas las habitaciones. Mi compadre decía que la clave está en saber dónde es que esa bendita alumbra con más fuerza, pero nunca nos pusimos de acuerdo en ese asunto, pues él siempre decía que era más intensa en la primera habitación y yo decía que en la segunda; los dos estábamos equivocados.

Lo más triste no es que Genaro se hubiera vuelto rico con el entierro que se encontró en la casa de mi compadre, sino la manera como se fue del pueblo, de madrugada mientras todos dormíamos, como un ladrón de sueños, dejando la casa en ruinas y debiéndole cinco meses de arriendo al pobre Roberto, que anda más preocupado que una viuda sin plata. Ojalá esas monedas no se le vayan a volver agua en las manos, porque las ánimas no repiten cristiano.

De Genaro y su familia no se volvió a saber nada, como si se los hubiera tragado la tierra o se hubieran ido muy lejos. En todo caso un pobre menos, que no le cae nada mal a Diosito cansado de escuchar tantos ruegos, sobre todo de mi compadre, que ya tiene el semblante como el de un difunto mal arreglado. Mañana vamos a ir los dos a El Vergel, a comenzar a rebitar toda la tapia con el cagajón mojado, porque eso es lo único que tiene mi compadre, una casa en ruinas y muchas deudas. Yo le dije que no se preocupara, tal vez algún día volvemos a ver otra llamita colarse por el patio, uno nunca sabe. En todo caso, esta noche voy a rezarle un padrenuestro a las ánimas para que me despierten mañana muy temprano.

2 Comentarios

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.