La Gruta Literaria
Cine y series

Fleabag o la bolsa de pulgas

Daniela Restrepo (@tropezante)

Ilustración de la autora.
 

“No hay comicidad fuera de lo propiamente humano. Un paisaje podrá ser hermoso, armonioso, sublime, insignificante o feo, pero nunca será risible”.

Henri Bergson

 

La serie inglesa nominada a y arrasadora de todos los premios desde el 2016 y merecedora recientemente del reconocimiento por parte de los premios Peabody es, en definitiva, una serie de la que hay que hablar.

Fleabag nace de un monólogo escrito por Phoebe Waller-Bridge para el festival alternativo de artes escénicas Fringe realizado cada año en Escocia, un monólogo tan exitoso que la BBC y Amazon Prime decidieron producir y distribuir una serie basada en él. La protagonista, una mujer inglesa en sus tempranos treinta, nos lleva como espectadores a su cotidianidad deprimente, confusa y llena de encuentros sexuales incómodos. Nos lleva literalmente porque nos mira a los ojos, atravesando la cámara, para recordarnos continuamente que estamos con ella siendo sus confidentes, que somos como ella o que, tal vez, somos ella. A pesar de estar golpeada por la muerte reciente de su mejor amiga, y no tan reciente de su madre, parece no merecer compasión alguna: es egoísta, caprichosa, extravagante, nos hace ver a todas las personas que la rodean a través de sus ojos prejuiciosos y ensimismados; sin embargo, es imposible que no genere en quien expecta una simpatía propia de todo aquel al que la vida le parece un enredo de cosas bellas y cosas horribles. 

Con solo dos temporadas y doce episodios en total, cada uno de no más de treinta minutos —un deleite glorioso, corto y preciado, muy distinto a las dilatadas comedias de situación a las que nos han acostumbrado a la fuerza—, es fácilmente la tragicomedia más hilarante y perturbadora de la década. Me gustaría tener toda la potestad y formación académica para decir algo tan contundente, no tengo nada de eso, sin embargo, procedo a justificar mi sentencia y animar, a quien sea que lea este texto, a romperse el corazón viéndola.

La protagonista, encarnada por la misma Waller-Bridge, no tiene nombre propio, es decir, nadie se refiere a ella por su nombre, ni ella misma, pero todos sabemos que es Fleabag. Razón número uno y ejemplo sumo de cómo la tragedia y la comedia se intrincan para presentarnos esta obra. Sabemos por experiencia y nos hará caer en cuenta Bergson en La risa, que: 

Un drama, aunque retrate pasiones o vicios que tienen nombre, los incorpora tan bien al personaje que sus nombres se olvidan, que sus características generales se disipan y que dejamos de pensar en ellos para pensar en la persona que los absorbe; de ahí que el título de un drama casi siempre sea un nombre propio. En cambio, muchas comedias son designadas con un nombre común: el avaro, el jugador, etc.

Fleabag es el nombre de nuestra heroína, es su nombre pero a la vez no lo es porque solo significa “bolsa de pulgas”, una expresión inglesa para referirse a un animal o una persona sucia, desagradable, casi asquerosa. Así, siendo nombre común es también nombre propio. Su vida es lo único que vemos, siempre está en escena para recordarnos que estamos de su lado mientras nos guiña el ojo, hace alguna barbaridad o nos confiesa sus más íntimos secretos, excepto uno, que guarda con recelo hasta el final de la primera temporada, y que solo debe revelarnos porque alguien más ya lo hizo. 

La serie es risible porque nos muestra una sucesión de situaciones entre familiares y absurdas que resultan en una incomodidad de la que solo queda soltar la carcajada: Fleabag y su hermana en una charla feminista, Fleabag le roba una pieza de arte a la esposa de su papá y luego intenta vendérsela a su cuñado, Fleabag se masturba viendo un discurso de Barack Obama junto a su novio de fragilidad emocional inquietante, Fleabag y su hermana en un retiro de silencio en el que pagan por hacer tareas domésticas como limpiar el piso o cortar el césped. La serie es desoladora, también, porque nos muestra que podemos ser terribles con la gente que amamos y nos ama, y que así no lo seamos, estamos solos siempre: Fleabag se confiesa con el personaje más inesperado “Solo quiero llorar. Todo el tiempo”. 

Si nada de esto es convincente puedo agregar que la ganadora del Oscar Olivia Colman hace el papel de una villana perfecta, implacable; también que Andrew Scott hace su debut en la segunda temporada como otro personaje sin nombre, un cura con problemas de alcohol pero no de fe cuya canción favorita es Jenny from the block de Jennifer López y que descubre que los únicos amigos que tiene Fleabag somos nosotros, los espectadores. 

También tengo que decir que Phoebe Waller-Bridge es la escritora de televisión de esta era, además de ser una mujer brillante no nos regala nada, al contrario, nos reta todo el tiempo, nos incomoda y hasta fastidia, pero entretiene, humaniza y maravilla como pocos. 

Y si esto sigue sin convencer, acá va este profundo discurso sobre todo lo que parece irrelevante pero no lo es:

Fleabag es la serie que quiero que todos vean pero que tampoco quiero compartir con nadie, que casi prefiero que nadie entienda o le dé importancia porque la quiero para mí, quiero reírme solo yo y llorar solo yo y guardarla en el cajón de las cosas más preciadas como si la hubieran escrito para mí. Entonces de nada y hasta pronto.

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