La Gruta Literaria
Relato Breve

La ardiente tregua del amor

Juaco Cáceres (@corbatagastador)

Pintura de Honoré Daumier
 

A la memoria de don Alfonso Upegui, Don Upo.


Como luego testimonió su hijastro, Jenny Alexandra García Daza —soledeña de treinta y siete años, de robusta figura y semblante intrigante— repetía una y otra vez aquello de que “al que le van a dar, le guardan… y si está frío, se lo calientan” mientras se dirigía al cuarto donde su concubino dormía la rasca con la que había llegado esa mañana, tras haber sido visto y escuchado la noche anterior entonando con aire juglaresco esa que dice: “¡… mis consignas siempre son: parranda, ron y mujer!”, y aquella otra que cantan en todo Bolívar Grande y empieza con: “¡El hombre que trabaja y bebe, déjenlo gozar la vida!”. José María Juliao González —con 65 cruces, dos divorcios y siete paternidades a cuestas— en medio de su inconsciencia etílica no pudo percatarse de la presencia de su mujer en la habitación ni de la definitiva resolución que ésta llevaba para ponerle tatequieto a su vagabundeo con esa que todos sabían muy moza suya. Jenny Alexandra, sin embargo, no demoró el asunto y, de una cachetada seca, como de telenovela a blanco y negro, no sólo le trajo de vuelta el mundo, sino que se lo puso a dar vueltas. Y entre chancletazos zumbadores y patadas a media altura y ganchos conmemorativos a Kid Pambelé, le dijo hasta de qué iba a morirse y cómo pensaba resucitarlo para matarlo de nuevo molido a golpes. 

Estando en esas, dio José María señales de espabilamiento, y logró asestar un golpe descoyuntador que tornó a su contrincante mucho más reflexiva y dialéctica, porque enterada de la insalvable desigualdad biológica entre hombres y mujeres cuando el asunto es de fuerza, cambió las patadas acrobáticas por amenazas de muerte, ininteligibles reclamos e insultos de suyo irreproducibles. Y trabados en este tipo de disputa retórica —de incunable origen humano— se les pasó rápidamente una media hora, durante la cual no puede saberse muy bien qué se dijeron, porque es verdad que la gente de aquellas tierras calentanas, cuando se larga en cantaleta, lo mismo habla español que berebere, mozárabe o cualquier otra lengua aún no codificada. Lo que sí pudo establecerse, pues todas las versiones coinciden en ello, es que el señor José María (digo señor, pero bien podría llamarlo pobre anciano), terminó bañado en ese afamado producto multipropósito destinado a fines higiénicos, refrescantes, relajantes, descongestionantes, estéticos y antialérgicos que se comercializa con el nunca bien ponderado nombre genérico de Menticol. Lo que sin embargo carece aún de consenso fue lo que ocurrió después.

Porque lo que alegó la Fiscalía es que el señor José María fue premeditadamente regado con la sustancia para ser prendido en fuego de manera dolosa, con intención claramente homicida por parte de la procesada, a quien le fue formulada acusación por el delito de homicidio agravado en grado de tentativa: puesto que, si no lo había alcanzado a matar —arguyó el delegado—, esto no se debió tanto a la falta de una voluntad decidida como a la afortunada ineptitud del método o de las cantidades. Por su parte, el apoderado de la acusada indicó que aquella versión peligrosista del ente acusador no consulta la realidad de los hechos, porque si la víctima resultó con quemaduras de segundo grado en el cuarenta por ciento de su cuerpo, esto no se debió al despliegue de una conducta típica, antijurídica y culpable de su prohijada, sino a un lamentable accidente, producido involuntariamente cuando ella intentó quemar con un fósforo las ropas y pertenencias de su pareja, tras haberlas rociado con el inflamable líquido. Preguntada en oportunidad por qué razón su compañero permanente también resultó impregnado con el producto, refirió que ella misma se lo había aplicado en el pecho, aprovechando una tregua supuestamente pactada cuando el aludido comenzó a somatizar, en forma de asfixia, la oprimente intensidad de la pelea. Agregó la defensa que fue decisión del “accidentado” interponerse entre sus ajuares y la intención meramente pirómana —y de ninguna manera homicida— de la acusada, como bien lo ratifica una carta dirigida por el sexagenario al despacho, en la que informa de su puño y letra que aquello fue así como lo cuenta Jenny Alexandra, palabra más, palabra menos… ¡y sólo Dios puede juzgarlos!

La pretensión punitiva fue finalmente desestimada por el Juez Séptimo Penal del Circuito de Barranquilla, para quien la Fiscalía no pudo probar la hipótesis criminal más allá de toda duda razonable. La sentencia, empero, ha sido apelada por el delegado del ente acusador, en contra de la versión de la procesada —compartida incluso por su supuesta víctima— y a instancias de familiares y amigos que no se explican cómo pudo ser eso de que hicieran una tregua, ella lo bañara en Menticol a petición de parte, y terminara prendiéndolo en fuego por accidente.

La audiencia finalizó al cerrarse la tarde del pasado viernes, cuando comenzaban a llegar de todas partes los alegres rumores de una antigua parranda vallenata.

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