La Gruta Literaria
Suplemento

Sergio Stepanovich Stepanski

León de Greiff

Dibujo de Hernán Merino
 

Cuando le conocí, era, Sergio Stepanovich Stepanski, un mocetón de hasta 31 años largos de talle. Venía de Nijni Novgorod, en misión confidencial —servicio secreto— del Sindicato de Productores de Guiones para Ballet o SINPROGUIBA, a casa de genios ignorados y de posibles autores venturos de nuevos guiones, autores y genios habitadores presuntos de la Marca de Bolombolo. Traía, como anzuelo o señuelo, una docena de trece gentilísimas danzarinas, expertas y gallardas bayaderas, odaliscas funcionales, y —por el momento, de recién llegadas— mudas, pues no sabían decir palabra en idioma transitable: francés u otros romances, inglés, tedesco, berebere, mozárabe o antioqueño. Mudas las trece, ¡pero tan elocuentes! Mudas, ¡pero cuán deliciosamente musicales!

Sergio Stepanovich Stepanski: alto él, sin alcanzar estatura prócer; metido en carnes, sin lograr ser obeso (lo que no ambicionaba, además); ligeramente calvo —con trazas de ex-melena de rubiedad desvaída— pero muy bien provisto de pelambre facial y —un poco mejor— de pelambre regada por todo el cuerpo (sin incurrir en oranguntánida o goriloide); de carnación rósea, pero no de la categoría de langosta recocida; los ojos (pero miope) del mejor alinde y le tomaban un tercio de la cara (con un breve puentecillo en medio, istmo de la península del naso); labios gruesos, golosos: belfo como Manon, ma non troppo; como Manon Lescaut (quizá no ignoráis que esta amorosa era de origen borbónico irregular y tenía el mismo belfo gracioso de Madame Capeto, de donde se desprende que Austrias y Borbones son olivos y aceitunos y de rijoso temperamento).

La docena de trece beldades (de ellas circasianas) del séquito de nuestro agente confidencial, poco a poco se disgregó: una a una se fueron fugando… Se dispersaron a lo largo y a lo estrecho de la región mítica de Bolombolo. Y una a una las fue reemplazando Sergio por otras beldades de igual valía e idéntica procedencia.

Durante un lapso de meses, Sergio Stepanovich Stepanski, optó por la soledad. Alejóse de sus circasianas. Y, solitario, «lobo estepario», ingresó como cadenero honorario de una de las secciones de ingenieros de trazado de la Zona Bolombolo-Cañafístula.

Allí le conocí, en la mítica región, cuando una de mis fugas rimbaldianas.

Yo ejercía funciones contables y estadísticas —oficialmente— y otras particulares funciones, no inconfesables, que no son todas referibles, empero, sino «soto-voce» o a flor de sonrosada oreja femínea. A más, entretenía mis ocios interludios con mis funciones propias, pseudo-poéticas, de cuyos frutos —trovas o relatos— hice difusión excesiva (inverecundo que fui tras de benevolentísimo autocrítico rato).

Sergio Stepanovich Stepanski ingresó también en la trinca o cotarro de poetas en rimbaldiano exilio, presentado por Claudio Monteflavo y Erik Fjordsson. Cotarro o trinca soto mi decanato por entonces, y con sede, la cofradía, en La Herradura de Comiá, palacio de zinc y guadua. Hizo allí —para hacer méritos— Sergio un Cursillo de Verano. Catedrático emérito —si autodidacto—, disertó sapientísimo y ágil en torno a Pushkin, Gogol y Lermontov, Borodin, Rimski-Korsakov y Mussorgski, Dostoievski, Tolstoy y Gorki, Stravinski, Prokofieff y Shostakoviks, vodka y caviar, Lenin y Trotsky, Alekhin y Bogoljubov, otra vez vodka…

Cursillo de verano interesantísimo en verdad y que continuó durante todo el invierno. Nada de primavera ni de otoño por ahí.

Y en sus ratos perdidos —y ganados para las «bellas letras»— fabricó Sergio ciento cuarenta y cuatro poemas sinfónicos (así los nominó aunque carecían de música); ciento cuarenta y cuatro, catalogados: entre ellos, sonetos cortos (sin estrambote), sonatas hartas y sonatinas, odas largas e interminables relatos. Sin contar obrecillas menores, por él mismo desdeñadas. De Sergio Stepanovich Stepanski —todavía inédito, por suerte— no se conoce casi nada. En copias manuscritas, alguna de sus canciones y algún relato de los que dio por terminados. En la memoria de sus conmilitones, de sus circasianas y de Melusina y Bibiana, breves trozos no tan antológicos o como para antropologías muy especializadas. En estos breves trozos se mostró su Musa en demasía retozona y aun salaz.

Coopero con sus amigotes en un cierto tratado acerca de «Ética, Estética, Musúrgica y otros tópicos graves aunque esdrújulos», monumento que tampoco ha encontrado editor (responsable o irresponsable). Poseo en manuscrito partes fragmentarias de ese tratado. Intitúlase Bárbara Charanga; valía la pena publicarlo, así incompleto, en restricta edición de veintitrés ejemplares numerados y fuera de comercio, y destinados a los integrantes de la trinca y cotarro o cofradía de poetas en rimbaldiano exilio, sobrevivientes o vivisobrantes, coautores del tratadillo. Alguna vez viajó de incógnito a Concordia y algo acaeció por ahí que han referido coronistas locales.

De ese episodio de Concordia resaltado por el veedor concordiano ya se dirá, ya se conocerá el resto según él, y se dará versión greiffiana, así como de otros acaecimiento ocurridos en Titiribí y en Heliconia de Guaca. Se tratará por extenso de esas aventurillas algún día. Lo del jabato de Guaca, especialmente, merece capítulo aparte (como dicen los del venerable capítulo) ya que este episodio —y los otros— relaciónase y relaciónanse también con la trinca o cotarro de poetas en rimbaldiano exilio por la mítica región de Bolombolo. Y Sergio en la cofradía.

Se decía por la zona que ni Sergio ni Míster Grey tornaron a la Concordia de Ñito sino de incógnito y pocas veces. Frecuentaron, en cambio, desde el incidente, otras plazas, como las de Cocojondo o El Rosario, Titiribí y Guaca de Heliconia. Ya se dirá de lo que acaeciera por allí, cuando revise archivos escritos u orales. Lo de el de Guaca (que suele estar entre veterano y vitriolo), lo ocurrido en Heliconia entre él y Míster Grey o Sergio, ha sido muy desfigurado por los tratadistas y exegetas. Por ahora es mejor «no meneallo».

Cuando, en el año 2000, Sergio Stepanovich Stepanski, complete 105 años de fructuosa labor, de hedónicos y edénicos ejercicios múltiples en su «residencia en la tierra», seguramente empezará a sentirse avejentado, físicamente maduro: y si la paralalela madurez intelectual no hubiérale traído para ese entonces la cordura, a lo peor querrá iniciar la ordenación de sus recuerdos, con vista puesta en escribir luego sus Memorias, a ejemplo de su coetáneo absoluto Bogislao.

No se sale de lo posible que el veterano rectifique (o haga la intentona) no pocos de mis conceptos, apreciaciones, conjeturas, indiscreciones, infidencias —de ellas calumniosas— y calumnias –de ellas infidentes–, relativas a su persona o en relación con sus andanzas y danzas y malandanzas, aventuras, venturas y desventuras. Pero como —en el año 2010— no quedará de aqueste títere y titiritero y fabulador sino su busto (en mármol de róseo del Nare), erigido en Leolandia solar, por la región de Bolombolo, seré yo —el títere— apenas un convidado de nadie y de piedra, muy sí señor y mudo y sordo de mis predios y dominios.

Lo que lamento —continúa Míster Grey— (en lo que se refiere al busto) es no conocerlo, no verlo ni mirarlo ni admirarlo… porque —todo es posible— a lo mejor me esculpen (y escalpan) calvo —¿cómo?— y me hacen la barba en seco… Lo del busto se deja de este tamaño, que será tamaño heroico.

De manera que —rehilando— a mí me tendrán sin cuidado las rectificaciones presumibles de Sergio Stepanovich Stepanski (después del año 2000), y sigo:

En El Taparal sorprendió a Stepanski su nombramiento de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario (con categoría de Embajador) de los Reinos de Bolombolo, Coco Hondo y Casco de Mula, ante la corte de Netupiromba.

Pensaba Sergio regresar a la boca de la Amagá, para hacer el viaje mismo de Boussingault, y que corre descrito, desde ahí hasta el Paso Real de Santa Fe de Antioquia. Pensaba regresar Sergio a repetirlo, pero parece que no lo hizo, que era irresoluto: a cara o cruz echó al aire la solución… y hétele de presunto diplomático. Diplomado era ya, sí, y como tal había actuado de profesor de gimnasia sueca (¡y en Estocolmo, que es el colmo!) aunque no era apto, por inepto, para los calisténicos, ni para espirituales ejercicios por aquello y por abrupto: y confundía la magnesia con la gimnasia, al revés de lo que ocurre generalmente.

Sergio aprestó sus condecoraciones —tomadas no poco del orín—, las aljofiló a conciencia; no topó con todas ellas, pero sí con aquéstas: la de La Cruz del Sur (condecoración barata), la de El Dragón Enfermo, la de El Grifo Desconsolado, la de El Gato que Pelotea, la de El Oso Polar, la de La Foca Sitibunda, la de El Buitre de Prometeo, la de El Cuervo de Pöe, la de La Paloma del Arca, la de El Rizo Friso Obrizo, la de El Asno de Buridán, la de La Mula de Balaám, la de El Imperativo Categórico, la de El Ábrete Sésamo (descortezado), la de La Simplatía, la de El Cisne de Pésaro, la de El Pájaro Carpintero y la de La Cacatúa Melancólica.

Pero…, no aceptó el nombramiento ofrecido. Siguió, sí, para Netupiromba, haciendo lengua escala en la Villa de la Candelaria de Aná del Aburrá sin oficial investidura diplomática y como Encargado de Negocios (suyos y malos y de Míster GREY y peores).

Se instaló —en Zuyaxiwevo— y en la Abadía de Govaerz, sexto piso, y desorganizó una oficina de estadística de carreteras: fundó otra, en cambio, de Secretariato amoroso, ya en prosa, ya en verso: se especializó en acrósticos leoninos. En los ratos perdidos descifraba crucigramas…


Transcrito de Arciniegas, G. (1976). Antología de León de Greiff. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura. Pp. 167-172.

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