La Gruta Literaria
Destacados,  Relato Breve

Amores intraducibles

Traducción de Edwin A. Hurtado (@AlejandroHtdo)

 

Una amiga salió por seis meses con un estadounidense, nacido en Santa Bárbara, California. Allá se conocieron y por allá ella se quedó. Se apasionó por sus ojos, por sus hombros, por su gusto musical de gringo, que concordaba 100% con el suyo. Pasaban tardes enteras oyendo John Mellencamp, Elvis Costello y Neneh Cherry, a pesar de que ella no tenía la más mínima idea de lo que decían las letras. Su inglés se atascó en the book is on the table y de allí nunca salió. Él, por su parte, pensaba que en Brasil se hablaba  español, idioma que tampoco dominaba. Todo bien. Ninguno de los dos tenía muchas ganas de charlar. Se besaban locamente, caminaban juntos a la orilla del mar, montaban bicicleta, tomaban cerveza en los bares y compartían canciones. Fueron almas gemelas por medio año y todo lo que necesitaban era decir hello cuando se encontraban y bye bye cuando se despedían. Lo demás funcionaba con base en la mímica, el tacto y el encanto. Pero no hay amor que resista la mudez eterna. Ella decidió volver a Brasil y no se escriben por razones obvias. Hablar por teléfono, ni pensarlo. The end.

Sucede que mi amiga, al volver, conoce a un paulista. Portugués fluido, como el de ella. De cierto modo, se sentía aliviada: ella le podría preguntar lo que pensaba de una película, podría conversar sobre las diferencias entre Lula y Fernando Henrique Cardozo, podría dejar mensajes en su contestadora y decirle cosas traviesas al oído. Después de la huelga de silencio en los States, oh, ella soltaría el verbo. Fue entonces que sucedió.

Parecía que uno era de Zimbabue y el otro de Croacia. Ella no conseguía decir dos frases sin que él respondiera. Si ella decía una cosa cariñosa, él pensaba que era ironía. Si ella hablaba en serio sobre cualquier tema, él pensaba que era broma. Si ella preguntaba algo de su pasado, él le decía invasiva. Si ella bromeaba con su cabello, él se ofendía. Completamente desintonizados.

Cuando era él quien intentaba mejorar el clima, tampoco funcionaba. Si él concordaba con ella, ella pensaba que estaba tramando algo. Si él se reía de sus chistes, ella pensaba que no había entendido. Si él pedía el mismo plato en el restaurante, ella decía que no tenía personalidad. Si pedía uno diferente, era porque estaba criticando su elección. Ningún amor resiste el desentendimiento eterno. Se acabó. No se escriben por motivos obvios y hablar por teléfono, tampoco, ni pensarlo.

Mi amiga busca un nuevo novio y espera tener más suerte la próxima vez. “¿Brasilero o extranjero?”, pregunto yo. “Poco importa —me responde ella— desde que venga con subtítulos”.

Martha Medeiros, Tren bala, 1999.

Martha Medeiros es una escritora y periodista brasileña nacida en Porto Alegre en 1961. Es reconocida por sus crónicas publicadas en periódicos brasileños y sus poemas, que empezó a escribir cuando se mudó por unos meses a Chile.


Texto original

Amores intraduzíveis

Uma amiga namorou por seis meses um americano, nascido em Santa Bárbara, Califórnia. Lá conheceram-se e por lá ela ficou. Apaixonou-se pelos olhos dele, pelos ombros dele, pelo gosto musical do gringo, que batia 100% como o seu. Passavam tardes inteiras ouvindo John Mellencamp, Elvis Costello e Neneh Cherry, apesar de ela não ter a mínima idéia do que diziam as letras. Seu inglés empacou no the book is on the table e dali nunca saiu. Ele, por sua vez, achava que no Brasil se falava espanhol, idioma que tampouco dominava. Tudo bem. Nenhum dos dois estava mesmo a fim de papo. Beijavam-se adoidado, caminhavam juntos na beira do mar, andavam de bicicleta, tomavam cerveja nos bares e compartilhavam canções. Foram almas gêmeas por meio ano e tudo o que precisavam era dizer hello quando se encontravam e bye bye quando se despediam. O resto funcionava na base da mímica, do tato e do encanto. Mas não há amor que resista à mudez eterna. Ela resolveu voltar para o Brasil e não se correspondem por razões óbvias. Falar no telefone, nem pensar. The end.

Eis que minha amiga, ao voltar, conhece um paulista. Português fluente, como o dela. De certo modo, sentiu-se aliviada: ela poderia perguntar a ele o que achou de um filme, poderia conversar sobre as diferenças entre Lula e FHC, poderia deixar recados na sua secretária eletrônica e dizer coisas safadas no seu ouvido. Depois da greve de silêncio nos States, uau, ela soltaria o verbo. Foi então que aconteceu.

Parecia que um era do Zimbábue e o outro do Croácia. Ela não conseguia falar duas frases sem que ele retrucasse. Se ela dizia uma coisa carinhosa, ele achava que era ironia. Se ela falava sério sobre qualquer assunto, ele achava que era deboche. Se ela perguntava algo do passado dele, ele a chamava de invasiva. Se ela brincava com o cabelo dele, ele se ofendia. Completamente dessintonizados.

Quando era ele quem tentava melhorar o clima, também não funcionava. Se ele concordava com ela, ele achava que ele tinha aprontado alguma. Se ele ria de suas piadas, ela achava que ele não tinha entendido. Se ele pedia o mesmo prato que ela no restaurante, ela dizia que ele não tinha personalidade. Se ele pedia um prato diferente, era porque estava criticando a escolha dela. Amor nenhum resiste ao desentendimento eterno. Acabou. Não se correspondem por motivos óbvios e falar no telefone, também, nem pensar.

Minha amiga procura novo namorado e espera ter mais sorte na próxima vez. “Brasileiro ou estrangeiro?”, pergunto eu. “Pouco importa”, me responde ela, “desde que venha com legendas”.

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