La Gruta Literaria
Destacados,  Relato Breve

Diégesis telefónica

Juaco Cáceres

 

Espero que puedas disculpar lo que sea discuplable, D.

¡Feliz cumpleaños!

 

«La realidad es en sí misma una intrincada forma de la ficción». Esta ha sido mi conclusión tras pasar algunos días atendiendo a lo que habla mamá por teléfono; sí, por el teléfono fijo, ese gran desconocido para esta generación móvil. Aunque el teléfono inalámbrico libere hoy la movilidad del usuario de una línea fija, simulando acaso una experiencia portátil, estoy convencido de que, si esto no fuera así, si hogaño todo permaneciese exactamente igual que hace medio siglo —fijo el aparato, finito ese universo estático—, poco importaría, pues comunicarse a través del teléfono fijo es un ritual sui generis, uno para el que sólo una reducida parte de la población está preparada: pese a tener un dispositivo celular siempre a la mano, los jóvenes no sabemos hablar por teléfono. Incluso, a la mayoría nos resulta ofensivo que, sin previo aviso y con inaceptable descortesía de tirano, alguien se atreva a turbarnos la paz que nos ha dado el mensaje instantáneo, cuyo atractivo se cifra, precisamente, en la posibilidad de contestar luego o de no hacerlo nunca. Está bien, muchos de nosotros recibimos y hacemos llamadas laborales o de ocasión, pero eso no significa que hablemos por teléfono. Contestar, por ejemplo, una llamada inesperada —incluso incógnita—, con consciencia de que ésta puede extenderse una o un par de horas, es de una osadía en franca vía de extinción. Quienes hoy conservan el hábito de hablar por teléfono no lo hacen a nuestro modo, con ese afán de ejecutivos mal pagados con el que solemos rehuirnos. En cambio, una mamá, digamos, como la mía, se dispone para hablar por teléfono: cuando ella lo descuelga, o cuando ha terminado de pulsar sus botones, rompe las manecillas de la intrascendencia, se entrega a una experiencia comunicativa que no está viciada, como las nuestras, por el compromiso o la evasión. Tan simple como marcar el número… (tutututu…) y de pronto se escucha al otro lado el vacío del universo que habrá de ser ensanchado por las palabras, las onomatopeyas y el fecundo mutismo de la paciencia. Tal vez los amantes de amores nacientes podrían creer que participan de este milagro comunicativo en sus romances telefónicos, pero se equivocan también: si todos los amantes son igualmente ridículos, como sentenció Kierkegaard, la única experiencia posible para ellos es la pérdida de tiempo. Y mamá no pierde el tiempo cuando habla por teléfono.

Recuerdo estar sentado frente a la pantalla ganándome el día a golpe de teclado. Me angustiaba en el fondo no haber terminado la lectura de Cartas a un joven novelista la noche anterior. «Los vasos comunicantes», ¡córtate un poco, Mario! Todos los que alguna vez deseamos escribir literatura terminamos empozados en las mismas preguntas: ¿Cómo se cuenta una historia? ¿Cómo elegir al narrador idóneo? ¿Cómo conjurar el Deus ex machina? De esto nunca se sale, o al menos nunca se sale definitivamente, la gente tiene que saberlo: escribir, como vivir, es caer una vez tras otra dentro de las mismas oquedades —las propias—, pero cada vez más pesados. El día que uno se sienta caminar ligero, o no se sienta caminar —como si levitara sobre los precipicios—, es porque está muerto; o porque está tonto, que bien puede considerarse como otra forma de fatal caducidad. Uno no puede dejarse morir, tiene que hacerle frente a estas cosas, hurtarle tiempo al trabajo y preguntarse sin histerias: ¿De qué quiero hablar? ¡De qué voy a querer hablar! No hay nada de qué hablar. ¡Lo que yo quiero es contar! Lo que sea, de quien sea… Pero, ¿y cómo? Y ahí está el problema. Afortunadamente, aquel día mamá se acercó con una taza de café sudorosa mientras hablaba por teléfono, sin darse cuenta de que estaba siendo, como tantas otras veces, el faro de mi existencia: hay que tirar de la cuerda, es ese el camino, en vano esperamos otra revelación. Ella, por ejemplo, no sabía quién era el señor al que habían matado la víspera en Ventiadero —del que Dora seguramente le hablaba (¡no lo sabré yo!) con tono de acontecida—, pero aun así reconvino con abierta cizaña: ¿El primo de Olga, el que supuestamente era marica? Se hizo un pequeño silencio. Mamá volvió a la carga, estirando una sonrisa al aparato: ¿Y qué tiene que tuviera mujer e hijos? ¡Avemaría!

No bien colgó la llamada me acerqué entre irónico y jocoso, aunque ella advirtió sin mucho esfuerzo el morboso interés bajo mi amonestación:

—¿Entonces a vos te cuentan que mataron a un profesor en la vereda y en seguida le armás un chisme? No podés decir lo que se te venga a la cabeza sólo para tener un tema de conversación.

—No era un profesor, era el rector. Lo mataron anoche, pero no se llevaron nada. Lo encontraron con los anillos y la cadena, aunque la casa sí estaba reblujada. Tres puñaladas. Los hijos y la señora estaban aquí en Medellín, demás que ya se fueron para el pueblo, pobre mujer. Y bueno, ¿vos qué sabés? Anoche lo vieron con dos muchachos desconocidos comprando aguardiente. Algo hay ahí…

—Y de ahí sacás vos que era marica…  ¿Qué dice Dora?

—Lo mismo, que eso está muy raro. Jorge, decime si no: el hombre tenía su misterio, mantenía bebiendo con pelaitos. Y anoche dizque estaba con esos dos tipos… se encerraron… acababan de fiar trago donde Aidé… A ver: los mete a la casa, se emborrachan, hacen quién sabe qué cosas y luego ellos lo matan, pero al final no se alzan con nada… ¿qué piensa uno?

—Ay, Rosalba, dejemos así más bien.

Me pareció vivir una eternidad boba hasta que volvió a sonar el teléfono. Sin embargo, mi tía no aportó nada nuevo: el tipo era rector del Sagrado Corazón desde hace un año. Vivía con la mujer y los hijos. Lo mataron anoche. De los presuntos victimarios sólo se conocía que nadie los conocía y que no los habían visto de nuevo. Eso dijo la tía. ¡Qué frustración! Toda la tarde ansiando pormenores. Luego llamaron también Teresita y Odila, aunque ninguna pudo agregar nota. «Esto no es fácil…», pensé. Entonces no demoré la búsqueda en internet:

 

¡Lo mataron en su propia casa!

Ventanillo llora la partida del rector del Jesús Nazareno. La policía está investigando.

 

Homicidio de profesor estremece a la comunidad del Suroeste.

—Noticia en desarrollo—

 

En pueblo de Antioquia asesinan a rector de institución educativa rural”.

“Cambio de look de Marcela Jara, ¡irreconocible!

 

Esa noche me acosté pensando en la gente que todavía habla por teléfono. De pronto recordé a mi tío Luis, que toda la vida ha enrostrado a mamá y a mi tía una supuesta afición por el chisme. Desde hace mucho, él acuñó el término «doras» (o «doritas») para referirse a ellas y a todas las que hacen parte del selecto grupo de instigadoras telefónicas. El origen de este mote, por supuesto, se remonta inmediatamente a Dora, íntima amiga de mamá y a su vez prima de todos, a quien la familia entera ha distinguido con los rótulos de lengüilarga y cotorra. Aunque lo que yo pensaba esa noche —y ahora sí que estoy persuadido de ello— es que mi tío ha estado equivocado todo el tiempo: hablar por teléfono puede ser un arte complejo; en ocasiones, lejos de tratarse de un mero acto de comunicación superflua, condenable acaso como vulgar cotilleo, hablar por teléfono puede revestir la entidad de una auténtica experiencia narrativa, aunque parezca a la vista, o al oído, dialógica. Basta con escuchar atentamente un lance telefónico entre «doritas». Todo comienza como quien no quiere la cosa: «¿Qué más, bien o no?… Ah, bien, mija, gracias a Dios. ¿Y qué cuenta?». El relato de los relatos se pone en marcha con un diálogo llano y espontáneo, como entre dos personajes de Carrasquilla, que bien pronto toma cuerpo y colores, aunque su devenir dependerá de la azarosa voluntad de las operadoras. No hay límite de tiempo ni se restringe la elección de narrador. Una «dorita» es capaz de desdoblarse en el acto: puede partir del sofisticado —y, por estos días, mal renovado— narrador autodiegético, cambiar de repente a los humores y monólogos propios de un personaje de Virginia Woolf, en otro momento hablarle al aparato como si ante él rindiera un testimonio y, después de todo, culminar la diégesis investida de insondables poderes proteiformes sobre el tiempo, el mundo y las personas —«santa ubicuidad del panóptico, mamá»—. Lo que en un principio parece inconducente, arbitrario como un mal comienzo, se convierte a las tantas en un relato circular como los de Borges, en una pieza moral de ascendencia rusa o en un episodio nacional de Pérez Galdós. Sólo hay que estar atento. Comprenderlo requiere de un interés infatigable en quienes hablan por teléfono, seguir el ritmo de las pausas, gesticular cada verbo, romper las manecillas de la intrascendencia. No hace falta conocer de antes a los personajes. ¿Quién podría hacer un retrato de la insensata sobrina Sappleton de Saki, de Úrsula Iguarán o  C. Auguste Dupin? Para esto basta con las siluetas. Los otros grandes inventos desarrollados frenéticamente durante el siglo XX tuvieron a la imagen como protagonista. El teléfono, en cambio, es la sofisticación del arte primitivo, el renacimiento eléctrico de los primeros narradores. Los hombres sabios habrán de descifrar en el futuro próximo la entidad ontológica de la literatura, desde ya acojo el estatuto. Hablar por teléfono, sin embargo, al menos en un sentido lato, quiero decir, para mí, tiene una marcada connotación narrativa.

Fue el tío Luis quien, dos días después, trastocó la idea que nos habíamos hecho sobre el crimen. Yo sabía que mi tía y mamá tenían mejor identificado al occiso que los periodistas. Raúl de Jesús Sánchez Adarve era rector del Sagrado Corazón de Jesús, la escuela rural de Morrogordo, en Ventanillo. El tal Jesús Nazareno es el colegio principal del pueblo, cuya rectoría preside todavía una prima (o vecina) de unos conocidos de Santa María de Pedernales. La prensa nacional no sabe ni dónde queda Ventanillo, no sabe dónde queda nada. Además, se dijo antes en los medios que la policía estaba investigando, lo cual era igualmente falso, porque a decir de mi tío, entrañable amigo de adolescencia del dueño de VVV (acróstico para la flota Ventanales-Ventanillo-Ventanas), tres días después del homicidio no había arribado al pueblo ningún forense, fiscal o autoridad a cargo. El levantamiento del cadáver lo realizó esa mañana la policía local, con ayuda de los bomberos; los dos cuerpos suman en total trece efectivos, ocho de porra y cinco de manguera. Ninguno se quedó por fuera de la diligencia, a la que concurrió también una pequeña multitud de curiosos, venidos algunos de montañas separadas por hasta dos horas de distancia. El rector, como se supo, no era primo de Olga, sino de Noira, lo cual entredijo la posibilidad de que fuera el primo marica de alguien, como se había dado por sentado. Todo eso le contó el tío a mamá porque a él, a su vez, se lo había contado por teléfono Jairo, el de la flota, y se lo había confirmado Berta, la tía Bertica, que es tía de ellos y sólo de ellos porque no es de la familia, aunque como por tal la tengan desde los tiempos de la canícula en Ventanillo. Entre Jairo, Berta y el tío nos obligaron a replantear el asunto.

—Pues eso dice Luis, que dizque es primo de Noira. ¿Usted se acuerda de Noira? Yo creo que yo me la encontré una vez en Puerta del Norte. ¿Esa no es a la que le mataron el marido en Tejelo hace como cuatro años? Si mal no estoy, Noira es hermana de Ramiro, el que trabajaba con don Orlando…

[Mmm…]

[Mmm…]

Entonces no sé cuál Noira. De todas maneras, mire pues, lo fácil que lo matan a uno. Dígame, sin papá de la noche a la mañana…

La cosa estuvo realmente aburrida la semana siguiente. Empezó a desesperarme el asunto porque nadie ofrecía nada nuevo. Hasta me vi tentado a coger el teléfono. ¿Cómo era posible que, pasados casi quince días, no se supiera el motivo de las puñaladas, o al menos la identidad tentativa de los homicidas? Y la gente que habla por teléfono como si nada, disfrutando del tedio absoluto. «El asunto no es aburrido, nada en el mundo lo es», escribió Chesterton en Defensa de los pelmazos. Todos estaban solazados en los apotegmas de la incertidumbre: «Quién sabe, la gente borracha y hasta trabada hace cosas y no se da cuenta» o, «Uno no sabe en qué anda la gente», y también «Entre cielo y tierra no hay nada oculto, mija, ya se sabrá». Mientras tanto me preguntaba: ¿Seré capaz? 

En 1950, en su columna de El Heraldo, García Márquez cerró La Jirafa titulada El barbero presidencial con una frase memorable que el eventual barbero de Mariano Ospina, «el mandatario mejor afeitado de América», seguramente habría dicho si fuera, en vez de un buen afeitador, el presidente que está por inaugurar el servicio telefónico directo entre Bogotá y Medellín: «Operadora, comuníqueme con la opinión pública».

Setenta años después, me sedujo la idea de alterar el sentido de aquella sátira en mi provecho, en provecho de la historia, por lo visto agonizante: «Operadora, le habla la opinión pública»:

Quise hacerle creer a mamá que en internet había un comentario a la noticia (repetido muchas veces) en el que se revelaban los posibles nombres de los homicidas, Ferney y Alejandro, ¡hijos de puta! Ella frunció el ceño cuando se los mostré en la pantalla. Estaba claro que había que «tirar de la cuerda». Ahora sólo hacía falta aguardar a que mi vieja llamara, o la llamaran. El tema estaba fresquito. Tremenda novedad se regaría como pólvora en alborada. Además, era lunes festivo, un día perfecto para quienes hablan por teléfono. Estos días tienen la cualidad de explayarse a lo largo y ancho del tiempo y del espacio. Uno puede morirse un lunes festivo y no acabar de estar muerto nunca. Si me pidieran musicalizar estos días lo haría con esos «Aiaiaiayyy» espiralados (¿o alargados?) de las Hermanitas Calle en Ojitos verdes. Superar un festivo es mucha proeza, máxime cuando se vive una angustia: la vieja no llamaba, el teléfono no sonaba. ¡«Aiaiaiayyy… ¿dónde andarán?»! Los lunes festivos son inabordables. Mamá tampoco se había interesado:

—Que llamés a tu hermanito, Jorge.

—Yo no voy a llamar a nadie. ¿Es que yo te digo a quién tenés que llamar? ¿Yo te he dicho: Rosalba, llamá a Dora pa’ que le contés lo que vimos en la noticia del rector? ¿Cuándo te he dicho a vos eso?

—Ven a este grosero, ¿qué tendrán que ver las naranjas con los algarrobos?

—Listo.

El teléfono vino a sonar al otro día muy temprano, cuando yo apenas comenzaba a teclear mi desgana y veía la vida a través de las lagañas de un oso urraeño, como si tuviera en frente, pero completamente anubarrado, el valle sinuoso del Penderisco. Me extrañó la hora de la llamada. Las películas nos han reforzado la idea de que un ring ring a altas horas de la noche o apenas abriendo el día es un mal presagio. Las películas aprendieron eso de la realidad. Una llamada a medianoche es mejor no contestarla, a menos que uno sea médico, cura o abogado, o que tenga algún familiar hurtándole segundos a la muerte, caso en el cual no hay lugar a la sorpresa. Igual, mamá contestó sin mucho drama, pues ella pertenece a ese exclusivo grupo en vía de extinción que todavía contesta el teléfono. Cuando luego de unos segundos no escuché sus acostumbradas formas («¿Qué más?… Bien, mija, gracias a Dios, ¿y por allá?»), sino que, por el contrario, el ambiente se tornó inquietantemente hueco, me paré en seguida con dirección a la cocina. Allí no estaba Rosalba; tampoco en el balcón. Llegué trastabillante al cuarto. Ella se secaba el cabello ceniciento con una toalla, sin dejar caer el teléfono. No supe con quién hablaba. Mamá estaba descolorida y hacía ese sonido escalofriante con el que se asiente por teléfono cuando es grave la noticia. Me temí lo peor. Salí de la pieza. ¿Se habría muerto alguno? ¿Dora? ¿Bertica? Encendí un cigarrillo que se consumió en segundos. Encendí otro. Volví a entrar en la habitación: ahora ella se pasaba la plancha de pelo y trataba de sostenerme la mirada con la cabeza inclinada — la cara nublada de vapores, rojas las orejitas septuagenarias—:

—Se suicidó una de las muchachas que mataron al rector de Morrogordo. Dizque hay otras dos involucradas. Como que no aguantó el susto. Se colgó de esa ceiba seca que hay a la salida del pueblo.

—¿Cómo así? ¿Y la versión de los dos extraños y la borrachera y no sé qué? Viste que no se puede ir por la vida inventando las historias. Me supongo entonces que fueron ellas las que dejaron esos comentarios en la noticia de El Antioqueño…

—Demás que sí, para desviar la atención. La niña como que dejó una nota. Por eso se sabe que hay otras dos. Quién sabe de dónde sacó Dora la otra versión, eso de que era marica. Está muy claro que el tipo tenía algo con las pelaitas, hasta sería pedófilo. ¡Bendito sea mi Dios! Ese pueblo está patas arriba…

—Y ustedes las primeras en saberlo, ¿cierto? Madrugan a chismosear… ¿Quién te llamó?

—Eh, quiay… Entrate «dorito», ¿qué te vas a tomar? Sentate pa’ que conversemos.

De pronto, y por primera vez en mi vida, sentí que me aplastaba una chiclosa capa de irrealidad. No recuerdo otro día en el que mamá hablara tanto por teléfono.

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