La Gruta Literaria
Relato Breve

Jugando en el cementerio

Jhonatan Valencia Aguirre (@Le_Funes_ )

Fotografía de archivo de la familia de Javier García
 

Solíamos jugar al cementerio. Jugábamos a las escondidas y los mejores escondites siempre eran las tumbas vacías junto a los osarios de las familias más antiguas de la ciudad. Lo más divertido era burlar al hombre de la puerta, que parecía temer tanto a este sitio que nos veía pasar en las noches y nos dejaba seguir sin pararse de su silla. Era aún mejor esperar la oscuridad para guiarnos con gritos entre las lápidas. A veces una densa niebla cubría el suelo empedrado de los caminos y a la luz de la luna éramos figuras en movimiento, solo podíamos distinguirnos por las sombras dibujadas en la niebla, corriendo a sus escondites.

Cuando caminábamos sobre las tumbas, sentíamos manos frías e invisibles rodeándonos los tobillos, tratando de arrastrarnos hacia las entrañas de la tierra, pero sacudiendo los pies ellos nos liberaban y seguíamos corriendo, buscando algún lugar para escondernos sin prestar mucha atención.

Fueron buenos tiempos en compañía de las extrañas sombras que a veces se encontraban por ahí y de uno que otro lamento o susurro que venía desde el interior de alguna tumba. Cierto día vimos cómo una sombra salía de uno de los osarios, tomó uno de sus claveles rojos y lo depositó junto a una lápida que decía “Desconocido”. Nuestro asombro era tal que empezamos a jugar en repetidas ocasiones por el lugar y nos dimos cuenta de que el fenómeno era más frecuente de lo que suponíamos.

Dos figuras de bastón y sombrero salían todos los días a la media noche y se perdían varias horas; otras salían y buscaban entre las tumbas a sus antiguos amigos del pueblo, almas de aquellos tiempos de cuando la ciudad lo era, durante la última década del XIX. Junto a un árbol vimos dos sombras tendidas sobre el césped: una le enseñaba las estrellas a la otra mientras parecían tener profundas conversaciones con murmullos irreconocibles. Pero esa sombra que abandonaba el lugar de descanso de su alma y caminaba con una de sus flores era la que más despertaba mi curiosidad, siempre llevaba a la tumba de un desconocido un presente que nadie llevaría. Sentía por ella una extraña empatía que me llevaba a observar cada vez más de cerca su conducta.

Así que, conmovido por su gesto, me acerqué una noche a leer la inscripción en la placa del gran osario donde se encontraba. Alguien, haciendo un buen trabajo, había borrado el nombre, por lo que aquella persona a quien pertenecían los restos era otro desconocido. Justo debajo se leía en la roca:


No sabrás que eres tú, no sabrás que soy yo.


Mientras leía, la sombra salió de su tumba, tomó una de sus flores y me la ofreció cordialmente. Al extender mi mano para recibirla, comprendí que yo soy el desconocido y recordé que el hombre en la puerta no se molestaba porque hace mucho tiempo supo que estamos muertos.

2 Comentarios

  • José Manuel Aguirre L.

    Muy buen relato, con un argumento algo tenebroso al principio, pero después me doy cuenta que yo soy el de conocido.
    Un gran abrazo para mi adorado sobrino Jhonnatan Valencia A.

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